2.04.2016

Mi conciencia grita, dentro de mi cráneo, grita por ti.
Tú voz resuena como eco y eso sólo empeora mis propios gritos. Ni la música a todo volumen que sale por mis audífonos puede acallar los gritos.
Mis tripas se retuercen por ti, el hueco crece, se come lo poco que queda y yo intentando saciarlo a toda costa, devorando hasta el último suspiro.
Cada alarma salta ante el más mínimo indicio de tu presencia. Sé que no eres bueno para mi. No hasta que éste manojo en el que me he convertido tenga sentido.
Tú rostro cambia, tu voz cambia, tu nombre cambia, pero sigues siendo tú, siempre tú. Ese que se cruzó conmigo cuando era tan sólo una idea no concebida aún.
¿Cómo alejarme de lo que me es inherente?
Estas ahí y cada camino me lleva a ti, a cada una de tus facetas y todas me gustan, y me torturo por ello.
No es el destino, es sólo lo inevitable, tu y yo, porque no hay nada en él mundo que pueda soportar nuestras penas más que el otro.
No lucharé, no pelearé más, dejaré que me lleve la corriente al final, a ti. Y mientras disfrutaré de los tropiezos en las orillas de otras penas y otros brazos y otros sexos, y en cada una de tus imperfecciones encarnadas en otros tú, sin rendirme al vacío, sin remordimiento, sin pena y quizá, sin gloria.

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